El pontificado de León XIII (1878–1903) marca el momento fundacional de la Doctrina Social de la Iglesia. Vincenzo Gioacchino Raffaele Luigi Pecci, nacido el 2 de marzo de 1810 en Carpineto Romano, fue elegido sucesor de Pío IX en un contexto de creciente secularización, expansión del liberalismo económico, auge del socialismo revolucionario, antisemitismo, anticlericalismo, polarización ideológica, una de las mayores crisis económicas de la Historia (la llamada Gran Depresión) y un clima de creciente tensión y violencia política en Europa. Frente a los desafíos del capitalismo industrial y del socialismo revolucionario, su magisterio propuso una síntesis doctrinal orientada al restablecimiento del orden moral en la vida social. Inspirado por la tradición tomista y profundamente formado en la filosofía y teología escolásticas, León XIII ofreció un lenguaje coherente para enfrentar los desequilibrios de la modernidad, con la dignidad de la persona y el bien común como ejes fundamentales de su pensamiento. La duración de su papado y su intensa actividad le llevó a publicar 86 encíclicas. La elección reciente del Papa León XIV manifiesta la continuidad de esa visión, al recoger explícitamente la herencia intelectual y pastoral de su predecesor en la tarea de iluminar los problemas sociales contemporáneos desde una misma raíz doctrinal.
Quienes cursamos el Diploma Universitario de Experto en Doctrina Social de la Iglesia ofrecido por el Instituto CEU de Humanidades Ángel Ayala conocemos bien la importancia de sus encíclicas y la relevancia actual de su legado, que ofrece claves valiosas para la reflexión y la acción en el siglo XXI. ¿Pero quién fue realmente León XIII y por que son tan importantes sus aportaciones?
Vincenzo Gioacchino Pecci fue el sexto de los siete hijos de Ludovico Pecci y Anna Prosperi Buzzi. Los Pecci eran una familia perteneciente a la pequeña nobleza rural de los Estados Pontificios, originaria de Siena y asentada en Carpineto desde el siglo XVI.
Formación y carrera eclesiástica de Vincenzo Gioacchino Pecci (1818–1878)
Entre 1818 y 1824 estudió en el colegio jesuita de Viterbo, y posteriormente en el Colegio Romano (1824–1832), donde se formó en humanidades, filosofía y teología. A los 21 años de recibió la borla de doctor en las ciencias sagradas. A finales de 1832 se matriculó en la Universidad La Sapienza en Roma, dedicándose a los estudios de derecho canónico y civil y en 1835 obtuvo el título in utroque iure. En paralelo se formó en la Academia de Nobles Eclesiásticos (1832–1837), institución destinada a preparar a los futuros diplomáticos de la Santa Sede.
Fue ordenado sacerdote en 1837. Su carrera eclesiástica se inició como legado papal en Benevento (1838–1841), brevemente en Spoleto y finalmente en Perugia, demostrando su habilidad en el ámbito administrativo y su sensibilidad pastoral. En 1843, fue consagrado arzobispo de Damieta in partibus, y enviado enseguida como Nuncio a Bélgica, relacionándose con la corte del Rey Leopoldo I, misión diplomática que desempeñó hasta 1846. Allí entró en contacto directo con los efectos sociales de la revolución industrial y del liberalismo constitucional de una nación fundamentalmente católica, pero regida por un protestante, lo cual marcaría profundamente su visión posterior.
En 1846, fue nombrado arzobispo de Perugia ad personam y en diciembre de 1853, fue creado cardenal presbítero de San Crisógono por el Papa Pío IX. Durante su extenso episcopado promovió la formación del clero, fomentó iniciativas sociales y defendió los derechos de la Iglesia frente a la creciente intromisión del poder civil. También construyó más de cincuenta iglesias y otros edificios en el territorio de su diócesis. Fue testigo de cómo las corrientes liberales y masónicas se infiltraron con éxito en la región, mientras se creaba un ambiente favorable al nacionalismo italiano que se extendía desde el Piamonte. Esto desembocó en varios sucesos violentos en junio de 1859 y finalmente en la conquista de la ciudad por parte del General Fanti, quedando anexionada mediante plebiscito al Reino de Saboya. En septiembre de 1867 es nombrado Camarlengo de la Santa Sede en sustitución del cardenal de Angelis, quien había fallecido.
Un pontificado de consolidación doctrinal y defensa del orden social cristiano (1878–1903)
Al asumir el pontificado, León XIII heredó un escenario internacional profundamente marcado por el colapso del absolutismo, el impacto de las revoluciones liberales y la desaparición de los Estados Pontificios, anexionados por el Reino de Italia en 1870. La Iglesia se encontraba ante una situación de repliegue institucional, presionada por la expansión del laicismo radical, la masonería y las ideologías con base atea. En países tradicionalmente católicos como Francia, México o España, el anticlericalismo inspiró leyes que expulsaban la religión del ámbito público; en Polonia, por su parte, el catolicismo padecía represión bajo los imperios alemán y ruso.
Comprendió pronto como papa la necesidad de dialogar y establecer relaciones pragmáticas con los gobiernos liberales surgidos tras las revoluciones del siglo XIX. Aunque en muchos casos estos regímenes eran explícitamente anticlericales, consideraba posible corregir esta postura mediante un acercamiento diplomático que permitiese a la Iglesia recuperar influencia y libertad en su acción pastoral y social (Laboa, 2003).
Desde su primera encíclica Inscrutabili Dei Consilio (1878), denunció la crisis moral derivada del racionalismo y del naturalismo político. En Aeterni Patris (1879), «sobre la restauración de la filosofía cristiana conforme a la doctrina de Santo Tomás de Aquino», propuso la restauración del pensamiento tomista como marco intelectual para enfrentar los errores de la modernidad. Esta encíclica no sólo promovía un modelo formativo para el clero, sino que buscaba fundar una cultura cristiana capaz de dialogar críticamente con el pensamiento moderno sin ceder al relativismo. Ese mismo año fundaba la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino. León XIII presentó así a este santo no como un autor entre otros, sino como el punto de equilibrio entre razón y fe, y como criterio común para evaluar sistemas filosóficos divergentes. Destaca la solidez y excelencia de su doctrina sobre todas las demás. Este enfoque continúa orientando sus documentos posteriores, desde Pascendi hasta Fides et Ratio.
Génesis y desarrollo de la Doctrina Social de la Iglesia

A finales del siglo XIX la situación social se había vuelto lamentable, el trabajo infantil oscilaba en algunos sectores como el textil o la minería entre el 14 y el 30%, se realizaban jornadas interminables, en promedio de 12 horas diarias, descansando únicamente los domingos y no siempre. Por otro lado la Gran Crisis expulsaba masivamente a las personas a la emigración, especialmente en los países católicos, cientos de miles de italianos habían emigrado en la década de 1870 a 1880 a Argentina y Estados Unidos, en paralelo cerca de dos millones de irlandeses lo habían hecho desde la hambruna de 1848. El trabajo en las fábricas y talleres era peligroso y producía frecuentemente perjuicios físicos. Los salarios se negociaban a la baja y en muchos casos sólo permitían una alimentación escasa y pobre, conduciendo a la malnutrición y a diversos problemas de salud. En España, la situación era similar: la esperanza de vida a final de siglo era de 34,76 años para los hombres y 35,73 años para las mujeres, con una emigración masiva a Argentina y Cuba en las décadas precedentes.
La elaboración de Rerum Novarum «De las cosas nuevas», sobre la situación de los obreros, fue fruto de un proceso complejo y cuidadosamente supervisado por el propio León XIII. Tras encargar una primera redacción al padre Matteo Liberatore, el Papa solicitó una segunda versión al cardenal Tommaso Maria Zigliara, y posteriormente integró aportes del cardenal Mazella antes de promulgar el texto definitivo. Las discusiones entre las corrientes progresista y liberal del catolicismo social —cristalizadas en los congresos de Lieja (1890) y Angers— influyeron en la redacción final, especialmente en los temas del salario justo, el papel del Estado y las organizaciones obreras.
La publicación de Rerum Novarum, el 15 de mayo de 1891, representa el momento fundacional de la Doctrina Social de la Iglesia. El Papa justificó esta intervención doctrinal por la urgencia de la situación obrera, estableciendo continuidad con otros pronunciamientos suyos sobre la libertad humana, el poder político y la constitución cristiana de los estados (RN, 1).
León XIII articula en esta encíclica una serie de principios esenciales: el trabajo como actividad personal digna, la propiedad como derecho natural con función social, el salario justo como medida de justicia distributiva, y el papel del Estado como garante del bien común. La encíclica parte de una observación precisa del conflicto social generado por la industrialización y por los efectos acumulados de las revoluciones civiles, que, en palabras del propio Papa, habían abierto «un inmenso abismo» entre una clase poderosa que concentraba los medios de producción y una multitud vulnerable, expuesta al desarraigo y a la agitación social (RN, 14). Frente a esta polarización, el Papa afirma el deber de justicia en las relaciones laborales y económicas, y sostiene que los ciudadanos tienen «el libre derecho de asociarse» para el fin que se propongan (RN, 39). Los bienes que considera que se deben acrecentar son los del cuerpo, los del alma y los de la familia, proporcionando obligatoriamente descanso en los días festivos.
Temas centrales y doctrina social iniciada con León XIII
La doctrina social de León XIII se articula desde la ley natural, entendida como participación de la razón humana en la ley eterna, siguiendo la formulación clásica de Tomás de Aquino (STh I-II, q.91, a.2). Esta opción no surge de manera aislada, sino que responde al programa más amplio delineado en Aeterni Patris, que buscaba restablecer el pensamiento tomista como fundamento de la teología moral, la política y la economía. Desde esta clave, el Papa restablece principios del derecho natural como fundamento normativo del orden político y económico. Su pensamiento se enmarca en una tradición escolástica abierta, capaz de dialogar con los avances de la ciencia y la técnica sin comprometer la centralidad de la verdad revelada.
Desde el punto de vista bíblico, Rerum Novarum recoge ecos explícitos del mensaje de la Epístola de Santiago: «El jornal de los obreros que segaron vuestros campos, el que vosotros habéis retenido, está gritando, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor del universo.» (Sant 5, 4), para ilustrar la gravedad moral del salario injusto. A ello se une una antropología que reconoce en todos los hombres una filiación divina que fundamenta su igual dignidad, en sintonía con Romanos 8, 17. Estos fundamentos teológicos sostienen la exigencia de fraternidad social y la superación de la lucha de clases.
La justicia, en sentido clásico, constituye el eje estructurante del orden social. Tomás de Aquino la define como «dar a cada uno lo suyo» (STh II-II, q.58, a.11 co.). León XIII retoma esta concepción para aplicarla al orden económico, laboral y político, y considera que la justicia distributiva exige garantizar a cada persona lo que le es debido conforme a su naturaleza, su función social y su contribución al bien común. En este contexto, reafirma también la propiedad privada como expresión legítima del trabajo personal y fundamento de la autonomía familiar, en oposición a las propuestas socialistas de supresión de dicho derecho natural. Un salario que no permita la subsistencia digna del trabajador y su familia transgrede este principio, ya que eso «es ciertamente soportar una violencia, contra la cual reclama la justicia» (RN, 32). El documento también llama la atención sobre el trabajo infantil y el de los ancianos.
Esta doctrina fue ampliada por el magisterio posterior, especialmente por Pío XI (QA, 71), quien subrayó que el salario debe permitir una vida «conforme a la dignidad humana», y por Juan XXIII, que vinculó este derecho a las cargas familiares del trabajador (MM, 71). El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia sintetiza esta tradición al afirmar que:
«El trabajo, por su índole de necesidad, debe ser remunerado con un salario justo que permita al trabajador vivir dignamente y sostener a su familia» (CDSI, 302).
El bien común aparece como fin propio y estructural de la comunidad política. No se reduce a la suma de bienes individuales, sino que expresa el orden de condiciones sociales, jurídicas y culturales que permiten a todos alcanzar más plenamente su perfección. En Immortale Dei se afirma que la primera obligación de la autoridad del Estado consiste en procurar el bien común de todos los ciudadanos (ID, 2). Esta noción remite a la tradición aristotélico-tomista, en la que el bien común tiene carácter trascendente respecto a los bienes particulares y constituye el horizonte moral de toda acción política. Insiste además en que para lograrlo las leyes han de ser dictadas por la verdad y la justicia, no basta con la voluntad de las mayorías.
León XIII subraya que la caridad cristiana, entendida como virtud teologal, constituye el alma del orden social justo, pues «la ansiada solución se ha de esperar principalmente de una gran efusión de la caridad, de la caridad cristiana entendemos, que compendia en sí toda la ley del Evangelio» (RN, 41). Esta virtud, arraigada en el corazón de Cristo, es la única capaz de reconciliar las clases sociales y sanar las divisiones del cuerpo social, y entronca con la caridad de la Iglesia primitiva. La encíclica cita a Tertuliano como testigo del ideal cristiano de compartir bienes y cuidar de pobres, niños, ancianos y náufragos, en continuidad con una tradición eclesial ininterrumpida que combina justicia, asistencia y el amor al prójimo (RN, 22).
Otro aspecto relevante de la encíclica fue que alentó explícitamente la creación de asociaciones obreras católicas, sindicatos confesionales y mutualidades que contribuyesen a mejorar las condiciones laborales y de seguridad en el trabajo, en continuidad con los antiguos gremios artesanales (RN 34–39). También señalaba que se debía «amparar a sus viudas e hijos en los imprevistos, enfermedades y cualquier accidente» mediante entidades de previsión, de modo que pudieran tener una vida digna. Prefiguraba así dos de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia: el de subsidiariedad y, sobre todo, el de solidaridad.
Recepción y repercusión internacional
La encíclica fue recibida como un hito por los obispos, los movimientos sociales católicos y sectores del pensamiento político más allá de la Iglesia. En Alemania, Franz Hitze integró sus principios en las propuestas del Zentrum, y en Francia, Albert de Mun y el movimiento del catholicisme social aplicaron sus criterios en el desarrollo de mutualidades, círculos obreros y cooperativas.
En España, figuras como Ciriaco Sancha, Ángel Herrera Oria y los propagandistas católicos difundieron sus enseñanzas mediante la creación de sindicatos, asociaciones agrarias y prensa. La encíclica marcó el nacimiento efectivo del catolicismo social español. Estudios recientes han puesto de relieve cómo su recepción osciló entre una lectura centrada en la asistencia caritativa y otra orientada a reformas estructurales, lo que condicionó su desarrollo político posterior.
En el ámbito académico, varias corrientes contemporáneas han subrayado el valor de Rerum Novarum para orientar la ética institucional en empresas y organizaciones, a partir de una antropología centrada en la dignidad del trabajador y en la función social del capital. Esta línea de lectura ha influido en propuestas de dirección y gobernanza empresarial basadas en la justicia relacional y el bien común como criterio operativo.
En el mundo anglicano, Charles Gore, obispo de Oxford y figura destacada del movimiento cristiano-social, acogió positivamente la doctrina de Rerum Novarum, valorando especialmente su defensa del trabajo digno y de los principios de justicia estructural. Desde el socialismo cristiano y el pensamiento reformista, varios autores reconocieron su valor moral y su crítica al capitalismo sin restricciones.
La encíclica encontró resistencia tanto en sectores liberales radicales, que consideraron paternalista e intervencionista su visión sobre el Estado y el mercado, como entre los socialistas marxistas y comunistas, quienes criticaron su falta de profundidad en la crítica al capitalismo, interpretando su propuesta como una mera solución asistencial que dejaba intactas las estructuras causantes de la desigualdad. Estas reacciones eran esperables, ya que León XIII no escribió para complacer a las ideologías, sino para recordarles sus límites y guiar a los cristianos hacia una acción social justa y sin los errores de éstas.
Apuntes complementarios sobre la figura de León XIII
- Elección y coronación: Fue elegido Papa el 20 de febrero de 1878 y coronado el 3 de marzo en la Capilla Sixtina, en lugar de la Basílica de San Juan de Letrán, debido a las tensiones políticas derivadas de la unificación italiana. Fue el primer papa en más de mil años que no ostentaba poder terrenal.
- Como Papa, reorganizó el Archivo Secreto Vaticano y abrió su consulta a los investigadores acreditados (en 1881).
- Promotor del Rosario: León XIII dedicó múltiples encíclicas a la devoción al Rosario y estableció la práctica del rezo cotidiano durante el mes de octubre. Su impulso mariano consolidó esta oración como elemento esencial de la piedad popular en la vida eclesial contemporánea.
- Autor de poemas en latín: León XIII fue un reconocido autor de poemas en latín. Su dominio del latín clásico y su producción poética son aspectos destacados de su biografía intelectual y pastoral. Se pueden encontrar ejemplares con compilaciones de estos poemas bajo el título de Carmina.
- Talento diplomático: dotado mejor en estas lides, por formación y experiencia que su predecesor, en su pontificado restableció relaciones diplomáticas con varias naciones donde Pío IX había tenido choques, incluyendo Alemania tras el Kulturkampf y Francia (dialogando con sectores republicanos moderados).
- Oposición a la masonería: manifestó su firme oposición a la masonería en documentos como la encíclica Humanum genus (1884), lo que generó un impacto significativo en la prensa de la época.
- Oración a San Miguel Arcángel: Tras una experiencia espiritual intensa, compuso la oración a San Miguel Arcángel, que fue incorporada al final de la Misa y refleja su preocupación por la protección espiritual de la Iglesia.
- Su mayor fracaso: el intento de reconciliar a los católicos franceses con la Tercera República mediante la política de Ralliement. A través de la encíclica Au milieu des sollicitudes (1892), el Papa instó a los católicos a aceptar el régimen republicano y a participar activamente en la vida política. Esto fue rechazado fuertemente por monárquicos y republicanos anticlericales. Años después, el propio León XIII reconocía que no se habían logrado avances.
- Primer Papa filmado: En 1898 fue filmado por el pionero del cine William Kennedy Dickson para la Biograph en 1898, lo que constituye el primer registro audiovisual de un pontífice. Esta imagen, en la que León XIII aparece impartiendo la bendición, expresa la apertura simbólica de la Iglesia a los nuevos lenguajes tecnológicos del siglo XX. Las evidencias apuntan a que posiblemente fue la persona de mayor edad en ser filmada en los primeros años del cinematógrafo. El Vaticano revocó el permiso de distribución a Biograph y a raíz de eso pasó a ser difundida por Vittorio Calcina y la compañía de los hermanos Lumière.
- Fue el primer papa en conceder entrevistas a periódicos, como Le Figaro en 1899, lo que fue percibido como un gesto de apertura hacia la modernidad y la comunicación con el mundo exterior.
- Longevidad: Falleció el 20 de julio de 1903 en Roma a los 93 años. Es el papa que más años ha vivido y tuvo el tercer papado más largo tras el de su antecesor Pío IX y el de San Juan Pablo II. Fue inicialmente sepultado en la Basílica de San Pedro, pero en 1924 sus restos fueron trasladados a San Juan de Letrán siguiendo una disposición testamentaria suya.
El pensamiento social como manifestación de la Verdad en la Historia
León XIII figura entre los papas de mayor influencia doctrinal. Su magisterio puede compararse con el de San León Magno, por su precisión doctrinal en tiempos de crisis; con San Gregorio Magno, por su visión pastoral articulada; y con San Juan Pablo II, por su elaboración de una doctrina social coherente. En su pensamiento convergen la tradición escolástica, el análisis del contexto moderno y la formulación sistemática de principios morales aplicables al orden social. Esta síntesis conserva vigencia en el magisterio posterior y en el desarrollo teológico del siglo XX.
A pesar de ciertas limitaciones inmediatas en la eficacia práctica de sus encíclicas, el legado de León XIII resultó fundamental para renovar el pensamiento católico y sentar las bases de futuras iniciativas doctrinales y sociales de la Iglesia en el siglo XX. Su visión pragmática y su apuesta por la acción política y social de los católicos promovieron una transformación interna del catolicismo europeo, preparando el terreno para movimientos sociales y políticos católicos de gran influencia posterior (Laboa, 2003).
Su vida austera y su cercanía a los necesitados reforzaron la credibilidad de su magisterio social. Su legado permanece vigente, especialmente en documentos como Quadragesimo Anno, Gaudium et Spes, Centesimus Annus y el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (2004), que reconocen en Rerum Novarum la fuente estructural de una doctrina social articulada, en desarrollo y proyectada al ámbito contemporáneo. La revalorización contemporánea del pensamiento de Tomás de Aquino, especialmente en materias de antropología filosófica, derecho natural, bioética o justicia social, confirma la vigencia del impulso leonino en el pensamiento eclesial actual.
La elección del nombre León XIV por el actual pontífice subraya esta continuidad doctrinal, como reconocimiento al valor de aquel magisterio en la respuesta de la Iglesia a las tensiones sociales de cada época. Este legado encuentra continuidad en las homilías del nuevo papa, quien en el inicio de su pontificado ha llamado a una Iglesia servidora, reconciliadora y fiel a la caridad como forma de autoridad. En ellas, ha subrayado que la acción eclesial a de estar ligada a la justicia y al compromiso con los heridos por la desigualdad y la exclusión. Así se reafirma la vigencia de los principios fundacionales de la Doctrina Social de la Iglesia en el tiempo presente: si la caridad cristiana llegase a impregnar verdaderamente la vida social, se disiparían las divisiones que alimentan el conflicto y la injusticia (RN, 20).
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