El Principito se ha convertido en una de las obras de lectura habitual en los últimos años de educación primaria y los primeros de secundaria en numerosos colegios del mundo. En el momento de escribir este artículo, lleva más de siete años consecutivos, semana tras semana, entre los libros de literatura infantil más vendidos de España. Un libro sin fronteras, escrito por un francés y publicado en Nueva York, que es el más traducido y también, uno de los grandes longsellers del mundo. Este texto breve ilustrado por su propio autor, ¿es un libro sencillo y conmovedor para escolares o es algo más?
El relato se adapta, se representa, se cita, se regala, se relee… y todo apunta a que es algo más que lo que aparenta, pues es ya un clásico y un icono cultural, pero ¿por qué? ¿qué es en realidad? En él, se nos dice que «Lo esencial es invisible a los ojos», sin embargo no lo es para quien lee con atención. Se trata de una narración universal que nace de una persona especial y con una trayectoria única: el aviador, novelista y reportero francés Antoine de Saint-Exupéry.
Antoine había llegado a Nueva York en 1940, tras la caída de Francia al inicio de la guerra, a bordo de un transatlántico en el que compartió camarote con su amigo y director de cine Jean Renoir: el Siboney. Llegó como un autor ya reconocido, pues su obra Tierra de hombres había sido galardonada con el National Book Award en 1939, sucediendo a Daphne Du Maurier y su Rebeca, además de haber obtenido antes en su país el Grand Prix du Roman de la Academia Francesa. Le Petit Prince nació a sugerencia de la esposa de uno de los editores de Saint-Exupéry, quien lo instó a escribir un libro para niños que pudiera competir con Mary Poppins de P.L. Travers. El personaje existía con anterioridad a aquella sugerencia, en dibujos que venía realizando Antoine; el pequeño príncipe tenía una historia que merecía ser contada. El libro fue publicado en Nueva York en 1943. La edición francesa aparecería un tiempo después, cuando su autor ya había fallecido, tras ser derribado en un vuelo de reconocimiento sobre el Mediterráneo durante la II Guerra Mundial. Los restos de su avión, un P-38 Lightning, fueron encontrados 55 años después cerca de Marsella.
Una ofrenda de consuelo y esperanza para todos
Aunque el personaje principal sea un niño y pertenezca al canon de la literatura infantil, la dedicatoria a su amigo León Werth deja claro que la misión de este texto abarca un espacio mucho mayor. Da varias excusas para dedicar el libro «a una persona mayor»: que es su mejor amigo de Francia, que puede entender todo —incluso un libro para niños— y que tiene «verdadera necesidad de consuelo».
«…Si todas estas excusas no bastasen, bien puedo dedicar este libro al niño que una vez fue esta persona mayor. Todos los mayores han sido primero niños. (Pero pocos lo recuerdan.)»
León Werth era judío y se encontraba escondido de los nazis pasando penurias en una aldea de Suiza, donde tenía «hambre y frío». Nunca volvería a ver a su amigo Antoine.
Como si se tratara de una composición musical, el libro plantea con esta apertura el tono y la temática de la obra: aquello que el amor, la fidelidad y la esperanza han unido, vive para siempre; «el niño que éramos» es, como planteaba Gabriel Marcel, un símbolo de la autenticidad y de lo que está por venir, el príncipe es el homo viator, un peregrino que explorará distintos planetas y que desde la pureza de su corazón nos conducirá por esa polaridad secreta que une lo visible y lo invisible.
La prematura muerte de su autor convirtió al relato sobre el pequeño príncipe en su testamento literario, una obra cargada de una profundidad asombrosa, en la que aborda con una sencillez y eficacia expresiva máxima y con una emotiva aproximación poética, asuntos como la amistad, la soledad, el amor, nuestro papel en relación con los demás, y el valor de la imaginación y de la claridad de la mirada de la infancia; también, el dolor y la muerte. Todo ello lo ilustró con unas inolvidables acuarelas, que introducía cuando pensaba que una imagen valía más que mil palabras. Una obra que parecía menor en su carrera, pero que no lo era, y no lo fue. Hoy todos sabemos cómo es El Principito. Cientos de millones de ejemplares editados en 382 lenguas y dialectos lo han convertido en uno de los grandes libros de la historia de la literatura, un libro asequible para los lectores más pequeños y lleno de contenido para los adultos, aquellos que alguna vez fueron niños. Es de hecho el tercer libro literario más leído nunca (tras El Quijote e Historia de dos Ciudades, de los que no hay cifras fiables) y, junto con los libros de la saga de El Señor de los Anillos, el libro más popular de todos los que se publicaron en el siglo XX.
Antoine de Saint-Exupéry: aviador, cronista y escritor
Saint-Exupéry era hijo de un conde de provincias, y huérfano desde los tres años, después de que su padre falleciera de un infarto tras sufrir una quiebra. Pasó su infancia en el castillo de La Môle, residencia de su abuelo materno, también aristócrata e hijo del compositor Emmanuel Boyer de Fonscolombe. A su muerte, en 1907, vuelven a cambiar de residencia, acogidos por su tía Gabrielle de Tricaud, en el Castillo de Saint-Maurice-de-Remens. Acude a un colegio de jesuitas próximo al castillo donde no fue un gran estudiante, aunque sí destacó por su escritura. Nos cuentan sus biografías que era un niño de gran imaginación: acopló a una bicicleta una vela con la esperanza de volar… algo muy propio de algunos franceses en aquella época: el ingeniero Gabriel Voisin había volado en 1905 sobre el Sena trans impulsar su aparato volador con una lancha motora. Un testigo de aquello, el brasileño Alberto Santos Dumont, lograba el 23 de octubre de 1906 el primer vuelo moderno (sin asistencia alguna) sobre París.

En 1912 sube por primera vez a un avión. No muy lejos de ahí, en Annonay, habían volado mucho antes que él los hermanos Montgolfier por primera vez. Su madre consigue enviarlo a estudiar a Friburgo, Suiza, en el Colegio Marianista Villa St. Jean, consiguiendo evitar que se implique en la I Guerra Mundial, tenía 15 años y le acompañaba su hermano François, dos años menor que él. Este último muere por una miocarditis aguda causada por fiebres reumáticas, Antoine se ocupa de cuidarlo y está a su lado hasta el último momento. El soñador Antoine, que tenía sólo 17 años, pasa entonces uno de los momentos más dolorosos de su vida, pero como único varón de la familia se ve obligado a consolar a su madre y a sus tres hermanas, dos de ellas, Simone y María Magdalena, serían también escritoras. Tras fracasar en su examen de ingreso a la Escuela Naval, entró en la Escuela de Bellas Artes de París donde estudió durante quince meses la carrera de arquitectura.
Durante el servicio militar se quiso formar como piloto, como no pudo acceder al curso se empeñó en obtener una licencia de aviador privado que obtuvo en diciembre de 1921 y que consolidó como piloto militar en febrero de 1922 logrando ascender al grado de alférez. Había encontrado una de sus grandes pasiones, que marcarían su vida y su escritura. Fue destinado a Marruecos. A principios de 1923 se fracturó el cráneo tras un accidente aéreo, su novia se oponía a que ejerciera una profesión que en aquel entonces era tremendamente peligrosa, abandonó su intención de ingresar en el ejército del aire y temporalmente dejó de volar, trabajó de contable, pero finalmente la pareja rompió su compromiso. Poco después, en 1924 volvía a volar a tiempo parcial. En 1925 conoció a Jean Prevost, otro escritor predestinado a acabar su días en la guerra. En 1926 volvía a ser piloto a tiempo completo, esta vez con licencia de piloto de transporte, y publicaba su primer relato: El Aviador, en la revista Navire d’argent que dirigía Adrienne Monnier.
Saint-Exupéry se convirtió pocos años después en un escritor de éxito con dos novelas publicadas, respectivamente en 1928 y 1931: Correo del Sur y la premiada Vuelo Nocturno, que reflejan en parte sus experiencias como piloto en Suramérica. Ese mismo año gana el premio Fémina por Vol de Nuit, y André Gide destaca su excepcional importancia al unir a su admirable valor literario el valor de un documento real. Fue ese año cuando conoció a Léon Werth a quien ofrece la estupenda dedicatoria del El Principito.
En 1939 Saint-Exupéry había sido nombrado caballero de la Legión de Honor por sus servicios como jefe de la compañía Latecoére (posteriormente denominada Air France) durante los años 20 en Cabo Juby, una base española que formaba parte de la ruta Tolouse-Dakar, en la que trabó relación con pilotos pioneros de nuestra aviación como Ignacio Hidalgo de Cisneros, que sería posteriormente jefe de la fuerza aérea republicana y Luis Navarro Garnica, jefe del aeródromo de Cabo Juby, que se encuadraría en el llamado bando nacional y que dirigió al final de la contienda al Atlético Aviación consiguiendo el que sería el primer título de liga, siendo mucho después Jefe del Estado Mayor del Aire, ya a finales de los 60. La misión de Antoine allí fue bastante amplia, e incluía también rescatar a los pilotos perdidos en el desierto o negociar con los líderes bereberes la liberación de los rehenes; escribió a su cuñado, Pierre d’Agay: «Trabajo como aviador, embajador y explorador». En la época en que la presencia en Cabo Juby del aviador francés era habitual, solía vérsele escribir… se estaba ocupando de dar forma a su primera novela: Correo del Sur.

La quiebra de la aerolínea que dirigía abrió un paréntesis en el que se convirtió en reportero. En 1933, Hollywood estrena la adaptación de Vuelo Nocturno, con Clark Gable, John Barrymore y Helen Hayes como protagonistas.
En 1935 estrella su avión, en el que viajaba junto con su mecánico André Prévot, en el desierto del Sahara; sufren deshidratación y alucinaciones en un suceso que inspirará el arranque del segundo capítulo de su libro más famoso:
Viví así, solo, sin alguien con quien poder hablar verdaderamente, hasta hace seis años cuando tuve una
avería en el Sahara. Algo se había estropeado en el motor de mi avión.
En abril de 1937 lo encontramos en Madrid como cronista de Paris-Soir. Su carnet de periodista revela que residía en el famoso Hotel Florida, donde también se alojaban Ernest Hemingway y Martha Gellhorn, Robert Capa y Gerda Taro; una comunidad de periodistas con la que parece que no se sentía cómodo. Este hotel, obra del arquitecto Antonio Palacios, sería derribado en los años 60 para construir un edificio de Galerías Preciados. Aunque no llegó a completar la totalidad de los reportajes encargados sí pudo ser acercado al frente. Fue testigo de los aspectos terribles de la guerra, pero también la fraternidad ante el peligro y la capacidad de sacrificio, algo que el mismo protagonizaría pocos años después.
Tierra de Hombres y El Principito: la consagración de un gran autor
Hasta 1939 no llega su siguiente obra, que escribe durante su convalecencia tras estrellarse de nuevo, esta vez tratando de establecer un nuevo récord en el trayecto Nueva York—Tierra de Fuego. Se trata de Tierra de Hombres, una obra cargada de su personalísima filosofía, en la que el hombre toma sentido fundamentalmente por su relación con los demás. Es éste un tema que vuelve a aparecer en la escena en la que el texto del pequeño príncipe vuela más alto, su encuentro con el zorro: «Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…» Es entonces cuando el niño le dice que cree que hay una flor que le ha domesticado.
La invasión de Francia por parte de la Alemania nazi le colocó en una situación extremadamente difícil, por un lado en muchos de sus escritos se situaba como defensor de los judíos y opuesto al fascismo, pero por otro lado despreciaba a Charles de Gaulle, a quien consideraba avaricioso y autoritario. Sus libros fueron censurados en los territorios africanos controlados por la Francia «libre» y De Gaulle llegó a decir de él que apoyaba a los alemanes.
¿Quién era ese aviador que tras la desaparición del Príncipe dice que África es el lugar más hermoso y más triste del planeta? Su novela Vuelo Nocturno, nos permite acercarnos a él a través de uno de sus mejores libros. Veremos reflejada ahí su experiencia como director de la filial argentina de Aéropostale y el peligro extremo al que se sometían los primeros pilotos profesionales, una cuestión que experimentó muy de cerca. Fue allí donde se enamoró de la salvadoreña Consuelo Suncín, su verdadera “rosa”. En esta novela, una de sus obras maestras, podemos encontrar parte de su personalidad en el patrón Rivière, o en el héroe Fabien y su esposa. Únicamente encontramos un reflejo tan bueno de la profesión de aviador de aquella época en una película poco frecuentada de Howard Hawks, Sólo los ángeles tienen alas. El aviador era una persona sensible y llena de valores, pero no fue un pacifista, esto queda claro en otro de sus libros Piloto de guerra, un libro de memorias publicado en 1942, donde describe su papel en la batalla de Francia, como piloto de reconocimiento sobre Arrás y donde él, que era absolutamente contrario a los nazis, aboga por que Estados Unidos entre en la guerra, lo que considera esencial para salvaguardar la civilización occidental; un libro que fue también un importante éxito en su carrera.
Ella lo había alimentado, velado y acariciado, no para sí mismo, sino para aquellas noches que iban a arrebatárselo. Para luchas, para angustias, para victorias. (Vuelo Nocturno)
Legado filosófico e impacto crítico de El Principito
Son siete los planetas que visita el pequeño príncipe: el planeta del rey, el planeta del vanidoso, el planeta del bebedor, el planeta del hombre de negocios, el planeta del farolero, el del geógrafo, y finalmente, la Tierra. El principito se encuentra en el planeta tierra con otros siete protagonistas: el aviador (que hace de narrador), con la serpiente, con el zorro, el guardagujas, una flor común y corriente, un campo de rosas y un mercader. A lo largo de estos encuentros se nos van desvelando diversos principios y valores:
- El de ser útil para los demás (a diferencia de el hombre de negocios, que no es útil a las estrellas que cuenta),
- El valor de la modestia, algo de lo que carece el vanidoso.
- El valor de la memoria: el aviador escribe y dibuja para recordar, el bebedor bebe para olvidar.
- El valor de la belleza que puede resultar de nuestras acciones, aunque no tenga una utilidad clara, como en el caso del farolero.
- El de las relaciones con los demás (en la conversación sobre la domesticación con el zorro),
- El de los ritos: «—¿Qué es un rito? —dijo el principito. —Es también algo demasiado olvidado —dijo el zorro—. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días: una hora, de las otras horas. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. El jueves bailan con las muchachas del pueblo. El jueves es, pues, un día maravilloso»,
- Lo valioso de la relación con las cosas y con las personas es la vivencia única que compartimos «Es el tiempo que has perdido en tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante», dice también el zorro,
- Lo esencial está en el corazón, algo que comparten el pequeño príncipe y el aviador: «—Lo que embellece al desierto —dijo el principito— es que esconde un pozo en cualquier parte… // Me sorprendí al comprender de pronto el misterioso resplandor de la arena. Cuando era muchachito vivía yo en una antigua casa y la leyenda contaba que allí había un tesoro escondido. Sin duda, nadie supo descubrirlo y quizá nadie lo buscó. Pero encantaba toda la casa. Mi casa guardaba un secreto en el fondo de su corazón… // —Sí —dije al principito—; ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que los embellece es invisible.» Y también lo dice el zorro: «He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.» Saint-Exupéry tenía esto en mente desde el primer capítulo cuando el narrador nos habla de su dibujo de un elefante engullido por una boa, una escena que los adultos no entienden que de miedo, pues solo ven un sombrero.
Conviene señalar que este último punto, que suele ser el aspecto más reiterado y citado, con distintas frases del libro, forma parte de los valores difundidos a lo largo de los siglos en la civilización judeocristiana, por ejemplo en 1 Samuel 16,7: «No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón» o en San Pablo: «no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno>s» (2 Corintios 4,18). A quienes sigue Blaise Pascal: «El corazón tiene sus razones que la razón no conoce; se sabe esto en mil cosas. […] Conocemos la verdad no sólo por la razón, sino aun por el corazón; de este segundo modo es como conocemos los primeros principios».
El enorme impacto cultural del libro ha producido ríos de tinta sobre él, pero es interesante señalar tres aspectos sobre cómo se percibió el libro:
- La obra de Saint-Exupéry recibió importantes reconocimientos, pero también los dardos de la crítica por parte de compatriotas como Jean-François Revel y François Nourissier. El triunfo de El Principito ha contribuido a caricaturizarle como autor, cuando su obra, alejada de tópicos, planteaba en sus páginas, llenas de melancolía e incluso de angustia, desde la soledad y la duda, cómo superar la condición humana a través del honor y de la amistad.
- P.L. Travers, autora de Mary Poppins, destacó que El Principito contenía los tres aspectos esenciales requeridos en la literatura infantil: es verdad en su sentido más profundo, no ofrece explicaciones y posee una moral. Matizaba sin embargo que para ser plenamente entendido había de poseerse un corazón que hubiera vivido el sufrimiento y el amor, en un grado que no es común en la mayoría de los niños.
- Martin Heiddeger, por el contrario, indicaba que este no es un libro para niños: es el mensaje de un gran poeta que alivia toda soledad y por el cual somos llevados a la comprensión de los misterios de este mundo. Literalmente dijo del él «Hier ist der Anfang einer Philosophie der Technik» «Aquí está el comienzo de una filosofía de la técnica»); para él se trataba de un libro auténtico y profundo, ofreciendo una filosofía que muestra que el mundo no es un mero conjunto de recursos y que el pensamiento es mucho más que un conjunto de herramientas. El libro contiene frases que reflejan su intención filosófica tales como: «El principito no renunciaba nunca a una pregunta, una vez que la había formulado».
Podemos analizar El Principito bajo la perspectiva del discípulo más relevante de Heidegger, Hans-Georg Gadamer:
- Gadamer sostiene que la comprensión no es un proceso pasivo, sino un diálogo activo entre el lector y el texto, en el que se despliega un proceso interpretativo que se encuentra condicionado por la historia y la tradición del lector. En Le Petit Prince, este tipo de diálogo se manifiesta claramente en las interacciones del principito con los diferentes personajes que encuentra, también se da este diálogo entre el aviador-narrador y el principito y por último también nos obliga a nosotros como lectores a la lectura activa.
- Para Gadamer, los prejuicios (pre-juicios) no son simplemente juicios erróneos, sino que son parte fundamental de la comprensión, ya que provienen de la tradición y la historia del intérprete. Vemos cómo los personajes están marcados por sus experiencias y tradiciones (como el rey, el hombre de negocios, el farolero, etc.), y cómo estos prejuicios influyen en la manera en que interactúan con el principito. La obra invita al lector a reflexionar sobre sus propios prejuicios y a abrirse a nuevas formas de ver el mundo, un proceso hermenéutico en el que los prejuicios se revisan y transforman.
- Gadamer introduce la idea de la «fusión de horizontes» (Horizontverschmelzung), donde el horizonte del lector (o intérprete) se encuentra con el horizonte del texto, lo que permite una nueva comprensión que trasciende ambas perspectivas originales. El Principito es un texto que tiene la capacidad de ampliar el horizonte del lector al invitarlo a ver el mundo desde la perspectiva ingenua y pura del niño-príncipe.
Es éste un aspecto clave que desmiente una de las interpretaciones erróneas que con frecuencia se dan a este libro: no se trata de otorgar a la inocencia de la infancia una preponderancia moral sobre la perspectiva del adulto, sino de un viaje de aprendizaje.
El valor educativo de El Principito ha sido evidente desde que empezó a ser leído, y por eso es recomendado una y otra vez en las escuelas de todo el mundo. Romano Guardini, siguiendo a Pascal, enfatizó la importancia de educar el «corazón» tanto como la «mente», un tema central en la historia del pequeño príncipe, donde el zorro nos enseña que «lo esencial es invisible a los ojos». Esta idea resuena con la creencia de Guardini en la necesidad de una formación que vaya más allá del conocimiento intelectual, abarcando una sabiduría afectiva y moral. También señalaba Guardini que en el proceso de aprendizaje nuestras relaciones han de centrarse en el individuo, al igual que le sucede al principito con su rosa o con el zorro: «¡Tú, niño, único en tu relación conmigo!».
Se suele hablar de éste texto como del libro «no religioso» más vendido de la historia, pero los dos últimos capítulos poseen un mensaje de resonancias claramente cristianas: «No puedo llevarme este cuerpo, es demasiado pesado.»… «Pero será como una vieja cáscara abandonada. No tienen nada de triste las cáscaras abandonadas»; más tarde nos dice el narrador «Ahora me he consolado un poco. Es decir…, no del todo. Pero sé que verdaderamente volvió a su planeta, pues, al nacer el día, no encontré su cuerpo. Y no era un cuerpo tan pesado…». También podemos leer este final como algo mucho más personal e íntimo: su hermano François, que era su mejor amigo de la infancia, fallecido prematuramente, siguió siendo su amigo mucho después, manteniendo con él un continuo diálogo interior. Esa poderosa relación, con aquellos que ya no podemos ver, y que ubica en algún lugar imperceptible, cerca de una estrella, aunque es fuente de una gran nostalgia, lo es también de consuelo y de mucho más: fuente de ese agua que «salta hasta la vida eterna» (Jn 4,13-14). Se trata de un tipo de vínculo que encontramos en otros autores, con sus familiares muertos, tal es el caso Gabriel Marcel, a quien citábamos anteriormente, con su madre, fallecida cuando él era aún un niño. El libro eleva la idea de fraternidad a un plano trascendente, de un niño que viene y va de los cielos, que encuentra a personas y criaturas confusas y a otras que simplemente le abren su alma, su corazón.
El autor nos pinta esa estrella en una última ilustración:
«Miren con atención este paisaje para estar seguros de reconocerlo, si viajan algún día por el desierto de África. Y si llegan a pasar por allí, les suplico que no se apuren y que esperen un poco, justo bajo la estrella !Si entonces se les aproxima un niño, si ríe, si tiene cabellos dorados, si no responde cuando se lo interroga, podrán adivinar de quién se trata. Entonces, sean amables! No me dejen tan triste: escríbanme pronto que ha regresado…»
El paso del tiempo ha hecho que el desdén de Revel o Nourissier quede como algo anecdótico, el libro no sólo mantiene el interés para el público en general sino que ha dejado huella en autores tan relevantes como Michel Serres, Jean-Luc Marion o Alain de Botton.
Últimos libros publicados por Saint-Exupéry y datos clave
En 1943, tras escribir y publicar en Nueva York El Principito, escribe también Lettre à un otage (Carta a un rehén) y Citadelle (Ciudadela), que ganaría el Prix des Ambassadeurs en 1948 tras su publicación de forma póstuma.
A través de sus contactos y a pesar de su edad fuerza finalmente ser admitido en las tropas de la Francia Libre. Es en una de esas misiones cuando el autor es derribado al sur de Francia.
-

Peter Sis – ilustración de EL Piloto y El Principito Los momentos clave de la vida de Saint-Exupéry están recogidos en un libro del excepcional y galardonado ilustrador Peter Sís, titulado El piloto y el principito. También el padre de Corto Maltés, Hugo Pratt, publicó un libro sobre él, este centrado en sus últimos días: El último vuelo.
- Su nombre completo era Antoine Jean Baptiste Marie Roger, conde de Saint Exupéry.
- En 1927 conoció en Latécoère a los famosos pilotos Jean Mermoz y Henry Guillaumet, con el primero, también de una gran sensibilidad literaria, consolidaría entre 1933 y 1936 una profunda amistad cuando éste se convirtió en inspector general de Aeropostale. La actividad de ambos está reconocida como una de las más importantes para el desarrollo de la aviación comercial argentina. Hace un par de años, la editorial Macadan publicaba Los aires roturados, un maravilloso libro en el que vemos a un auténtico héroe y en el que Saint-Exupéry firma el prólogo y un emotivo epílogo. Mermoz desapareció el 7 de diciembre de 1936 tras un fallo en el motor de su hidroavión, que actualmente continúa sin aparecer.
- Uno de los pilotos que manejaron los P38 Lightning, iguales a aquél con el que el escritor perdió la vida en su faceta de piloto, de héroe de guerra, fue el mítico Charles Lindberg, conocido por ser el primero que cruzó el atlántico.
- Antoine era un gran aficionado a las matemáticas, poco antes de morir, en un bistró de Argel compartiendo comida con el pintor Isia Leviant, aún más experto que él en esta ciencia, empezó a explicarle sobre una servilleta cómo había resuelto la conjetura de Fermat, lamentablemente había cometido un error a la mitad del desarrollo, por lo que su compañero hubo de detenerle.
- En 1998 un pescador encontró entre sus redes una pulsera con un nombre grabado: «Antoine de Saint-Exupéry» y el de su esposa, «Consuelo», así como la inscripción «Reynal and Hitchcock inc. 3864thave. NY City USA»: la que él llevaba en el momento que su avión cayó al mar.
- Ya en el siglo XXI obtuvo dos reconocimientos más sobre Tierra de Hombres, considerado como el tercer mejor libro de todos los tiempos en una encuesta de la revista Adventure de National Geographic (2004) mientras que Outside Magazine lo consideraba el mejor de todos los tiempos en ese género en 2002.
- En 1974 Stanley Donen dirigió El pequeño príncipe, adaptación en clave musical que obtuvo dos nominaciones a los Óscar y el Globo de Oro por su banda sonora, que estaba a cargo de Alan Jay Lerner y Frederick Loewe. Producida también por Paramount fue filmada en Túnez e Inglaterra. No está entre las obras más brillantes de Donen pero es una película más que aceptable con detalles muy valiosos.
- Con 43 años Saint-Exupéry se convirtió en el piloto de más edad en volar sobre el Mediterráneo durante la II Guerra Mundial, con 8 años más que sus más veteranos compañeros. Para ello necesitó que la excepción se aprobara por el mismísimo General Eisenhower. Fue sometido a un severo entrenamiento de 7 semanas, pero en su segundo vuelo con un P-38 causó la destrucción del aparato. Aunque acumulaba ya 100 horas de vuelo de combate, fue dejado en tierra hasta que se le asignaron nuevas misiones, de reconocimiento, en un F5B (una versión adaptada al efecto de los magníficos P-38). Adquirió entonces la costumbre de leer y escribir sentado en la cabina del Lightning. El 31 de julio se subió de nuevo a su avión monoplaza para una nueva misión. La invasión de la costa sur de Francia era inminente y sus compañeros pensaban revelarle ese hecho a la vuelta de ese vuelo con la esperanza de que cesara en su peligroso empeño. Pero nunca volvió. Dejó escrito lo siguiente la noche anterior:
Si me derriban no extrañaré nada. El hormiguero del futuro me asusta y odio su virtud robótica. Yo nací para jardinero.
Aunque no fuera rubio, ni fuera un niño, y fuera calvo, corpulento, reflexivo y melancólico, con seguridad estaba pensando en una rosa, aquella que decía haber nacido al mismo tiempo que el Sol. En realidad El Principito nunca fue otro más que Antoine de Saint-Exupéry. Quizá un día, si viajamos por el desierto y nos detenemos bajo una estrella, podamos encontrarlo de nuevo.
- Ingenierías: tipos y ramas que puedes estudiar en el CEU - 31 octubre, 2025
- Estudiar la Doctrina Social de la Iglesia hoy: 10 razones para hacerlo - 19 julio, 2025
- León XIII y la Doctrina Social de la Iglesia - 17 mayo, 2025


